vie

30

dic

2011

Aikido.Dani Balcells.

Comencé a practicar Aikido cuando tenía 12 años. Para ser sincero, lo que buscaba cuando le dije a mi madre que quería practicar artes marciales era simplemente aprender a pegar y a defenderme. Y, de no ser por una de esas pequeñas casualidades que tanto importan posiblemente eso es lo que hubiera hecho.

Sin embargo, y por suerte para mí, mi madre había practicado Tai Chi con Francis hacía algunos años, y me dijo que fuera a probar una clase de Aikido con él. En cuanto fui, sin saber exactamente por qué se me metió en la cabeza la idea de que quería ser como esos genios que llevaban una falda negra que parecía bastante incómoda pero desde luego intimidaba.

 

Nada más comenzar (igual que ahora, y espero que nunca deje de ser así) me sorprendió la enorme profundidad y complejidad del Aikido. En un principio veía un confuso montón de nombres y técnicas que se podían hacer de mil maneras distintas, y me limitaba a entenderlo como algo que se tenía que hacer desde A hasta B. Poco a poco, he ido viendo relaciones entre las técnicas y, al comprender muchos elementos comunes, han perdido peso las técnicas concretas y empiezo a ver, aunque de forma difusa, los principios que hay detrás de la práctica. De esta forma, ahora veo menos conceptos fundamentales, pero los que hay son enormemente profundos y complejos, ya que son los que dan forma a todos los demás. También he aprendido de la práctica que nuestra forma de entender el Aikido cambia a medida que practicamos, por lo que espero que mi visión actual se vaya puliendo poco a poco como ya lo ha hecho en el tiempo que llevo practicando.

 

Siempre ha habido algunos obstáculos en la práctica: en un principio, me cansaba muy fácilmente y no estaba muy motivado ya que no lograba avanzar, lo cual me llevó a dejar el Aikido durante un año, en el que jugué al baloncesto. Pronto vi una curiosa contradicción: en los deportes de equipo, al menos entre la gente de mi edad, reinaba el individualismo y había continuos piques entre los miembros de un mismo equipo. Sin embargo, recordaba que en el Aikido, un "deporte individual", había mucha más cercanía entre los practicantes, algo que me parecía paradójico. Tras permanecer tres meses sin jugar por una lesión, decidí dejar el baloncesto (en el que, por cierto, soy terrible) y volver al Aikido. Curiosamente, tras algunas clases intensas en las que Francis me sacó de uke varias veces, comprendí que el cansancio es una actitud, y puede ser superada. Desde entonces no he dejado de practicar Aikido, y espero no hacerlo, aunque últimamente los estudios me están robando más tiempo del deseado.

 

Ahora me doy cuenta de lo que me había atraído tanto del Aikido y que no llegaba a comprender: como ya he dicho, buscaba una forma de aprender a "pegar", y sin embargo en cada clase veía cómo se hablaba de unión, de evitar ataques y oposiciones y, en el fondo, de la armonía tanto con el compañero como con todo lo que nos rodea (algo que, cuatro años después, sigo esperando comprender totalmente algún día). Esta contradicción con lo que buscaba en un principio es justamente lo que más valoro del Aikido: el que se pueda aplicar fuera del Tatami. Llegué al Wutan con 12 años queriendo aprender a pelear y ahora, con 16 años, una de las cosas que más agradezco al Aikido es haberme enseñado a evitar conflictos.

 

En ese sentido, como el Aikido me ha acompañado a lo largo de mi adolescencia y mientras construyo mi forma de ser, me siento en deuda con él, con Francis y, en general, con todas las personas que forman parte de lo que para mí es el Aikido, porque es una parte fundamental de quien soy y de mi forma de ver el mundo.

 

Daniel Balcells Eichenberger

 

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